Prensa

Toda la Misericordia de Dios está aquí

31/10/2016

Artículo de Rafael Serra publicado en la sección de liturgia de Catalunya Cristiana (30 de octubre).

En el sacramento del Perdón, la misericordia del Padre no se da un poco o en parte. Se da plena y totalmente. Muy pronto la Puerta del Jubileo quedará cerrada, pero no quedará cerrada la Puerta de la Misericordia del Padre del cielo, esta permanecerá manando constantemente del corazón abierto de nuestro Señor, de donde saldrá mientras el tiempo sea tiempo y el Señor no vuelva en la gloria de su reino. Será siempre verdad que nosotros podemos abdicar de nuestra condición de hijos, pero Dios no puede abdicar de su condición de Padre. No es Dios quien necesita perdonar (él siempre lo hace), somos nosotros los que necesitamos la palabra del perdón.

Cuando un cristiano se acerca al sacramento de la Penitencia le pasa como a la pecadora cuando cruzó el umbral de la casa de Simón, que ya entró como una mujer perdonada. Ella, como el pecador, se halla en la contrición de sus pecados, pero también con un amor tan grande, que la hace indiferente a todo y provoca que ya sea del Señor. El deseo y la gracia del Espíritu Santo, también la intercesión de la Virgen, hace que un cristiano sea capaz de decir: Siento haberte ofendido, porque tú eres Bondad infinita. Las palabras de la absolución son las más dulces que se puedan escuchar. Cuando un cristiano, pobre y humilde, se acerca al sacramento y pone su vida tal y como es ante el Señor, el perdón desciende sobre él, como un águila. Reconocerse pecador es la primera gracia, y si alguien no sabe de qué confesarse por lo menos tendría que confesar que forma parte de un pueblo de pecadores y tendría que vivir la solidaridad con los hermanos que hacen el mal. (Recordad que los pecados de omisión son los más graves.)

Cuando celebramos el sacramento del Perdón debemos considerar que nosotros dejamos nuestros pecados allí, pero el Señor antes los tomó en su cruz y los crucificó en su cuerpo. Realmente un cristiano reconciliado con Dios puede iniciar un camino nuevo y son posibles historias increíbles de amor.

No dejemos que se acabe el Jubileo de la Misericordia sin recibir el sacramento de la Alegría, toda la indulgencia lo acompaña. Una indulgencia que significa todo el amor de la Iglesia a Cristo, en el cielo y en la tierra, viene a él, ya que en la comunión de los santos todo es convertible y todo se comunica. El sacramento de la Penitencia es un sacramento de la Pascua y una manifestación de la gloria de su resurrección. Dejad que el Cristo, por el ministerio de la Iglesia, muestre, con palabra íntima y confidente, su misericordia y nos perdone los pecados.

Debemos procurar que todo el Pueblo de Dios reciba el sacramento del perdón, también los pastores de la Iglesia. Hagámoslo en obediencia del magisterio del papa Francisco. Él mismo nos ha dado el ejemplo. Todos en la Iglesia, sin excepción, debemos hacer nuestra la oración del publicano: ¡Oh Dios!, ten compasión de mí, que soy un pecador. Que los presbíteros se pongan en el confesionario para celebrar la liturgia del Perdón y los cristianos vendrán a ellos con lágrimas de arrepentimiento y saldrán con las lágrimas más dulces, que son las de gratitud. Incluso son biena son bienaventurados los cristianos que pasan por la humildad de confesarse de las mismas culpas (a veces durante toda una vida); estos han aprendido los caminos de la humildad. Creedme: toda la misericordia de Dios se da en el sacramento de la Penitencia, plenamente, sin medida y sin condición. Es gracia y solo gracia, regalo.