Prensa

Orar ante el Santísimo Sacramento

22/01/2017

La instrucción Eucharisticum mysterium, en su n. 53, dice: «El lugar de la iglesia o del oratorio en que se guarda la Eucaristía en el sagrario sea, verdaderamente, destacado. Conviene que sea al mismo tiempo apto para la oración privada, de modo que los fieles no dejen de venerar al Señor en el Sacramento, aun con culto privado, y lo hagan con facilidad y provecho.»

En la Iglesia siempre se ha tenido en gran estima la veneración a la reserva del sacramento de la Eucaristía. Sabemos que, principalmente, estas especies sacramentales están destinadas a llevarlas a los enfermos y como Viático pero, como hemos visto en el documento citado, también los fieles debemos venerarlas y orar en su presencia, pues creemos, firmemente, que el mismo Señor está presente en su Sacramento.

Nuestra voluntad de hacer bien las cosas es buena pero, a veces, con el paso del tiempo y la cantidad de quehaceres que nos invade, puede ser que vayamos dejando de lado algunas «buenas costumbres» que no deberíamos dejar. Agradecemos que alguien nos lo recuerde y volvamos a retomar, de nuevo, esas buenas costumbres; todo es cuestión de proponérselo. Es el «comencemos de nuevo hermanos….» de san Francisco, que san Buenaventura nos recuerda en su leyenda mayor, cap. XIV, n. 1.

Cuando el Señor dijo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré» (Mt 11,28), no lo dijo, solamente, para sus seguidores de entonces, sino que nos lo continúa diciendo, también, a nosotros. Por tanto, al acercarnos a la presencia del Señor sacramentado con nuestros cansancios y agobios, debemos creer que Él los toma y los cambia en descanso y serenidad.

Pero no debemos acudir a su presencia, solamente, en momentos de dificultades sino, también, en momentos de paz y gozo, para compartirlos con Él y darle gracias por ellos.

En la medida en que van pasando los años de nuestra vida, sentimos más la necesidad de serle agradecidos por todos los bienes y cosas buenas que de Él vamos recibiendo. En la oración ante el sagrario vamos desgranando todos nuestros acontecimientos diarios, haciéndole partícipe de ellos, aunque Él ya los sabe. Unas veces le daremos gracias, otras le pediremos algo, otras tendremos necesidad de explicarle nuestras cuitas o de interceder por familiares, amigos, acontecimientos indeseados…. Y siempre le tendremos a Él «escuchándonos» con atención y amor. Y otras veces, sencillamente, nos sentiremos bien estando en su presencia y compañía.

En medio de tanto ruido por doquier, agradecemos esas capillas, moradas del Santísimo Sacramento, donde el silencio ambiental nos ayuda al recogimiento, tan necesario para estar en la presencia y compañía del Señor.

Francisco de Asís quería que sus hermanos tuvieran una especial veneración a Jesús Sacramentado. En su carta a toda la Orden, n. 12 y 13, les dice: «…os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis toda reverencia y todo honor, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo…».