Prensa

El Tiempo ordinario, tiempo «fortísimo»

12/02/2017

Este año Cuaresma cae alta y disfrutaremos de un puñado de domingos entre el ciclo de Navidad-Epifanía y el ciclo de Cuaresma-Pascua. La nomenclatura litúrgica actual llama a estos tiempos litúrgicos «Tiempos fuertes» del año litúrgico. Que sean llamados «Tiempos fuertes» no va, ni debe ir, en detrimento del «Tiempo ordinario», como si este fuera un tiempo débil o de menor categoría, al contrario: el Tiempo ordinario es un tiempo fortísimo. Obedece a la primerísima organización del tiempo litúrgico que tiene como eje y ritmo la celebración del Domingo como el día del Señor. De hecho, los tiempos llamados «fuertes» interrumpen el ciclo dominical, pero este permanece como telón de fondo del tiempo celebrativo de la Iglesia. No son domingos que se celebran para llenar los que no están ocupados por los tiempos fuertes. Que lo llamemos «Tiempo ordinario» no se puede entender de menor categoría. Ordinario aquí no se contrapone a extraordinario, es simplemente el tiempo «De durante el año», que va transcurriendo al ritmo dominical. Tanto desde el punto de vista de la celebración litúrgica como de la oracional existe una unidad, una inclusión que va desde el I Domingo del Bautismo del Señor hasta la celebración del 34 Domingo de la Realeza de Cristo. Desde los inicios hasta la Parusía se lee de forma continuada el Evangelio, sin alterar su lectura con fragmentos elegidos de orden temático. Son las 34 semanas que resplandecen por la celebración de la totalidad del Misterio de Cristo. Seguimos cada uno de los evangelios sinópticos, con fragmentos del IV Evangelio algunas veces incluidos. Cada domingo, de modo ordenado y seguido, escuchamos la vida histórica del Señor (hechos y palabras) con un Evangelio, ilustrado en el Antiguo Testamento (1a lectura) y anunciado en el Nuevo Testamento (2a lectura) y cantado por la Esposa-Iglesia en el Salmo. Así, seguimos al Señor hasta la Cruz y recibimos de Él el don del Espíritu Santo. Así, el Cristo glorioso es amado y celebrado. El Espíritu llena la Iglesia de sus carismas. También este mismo Espíritu nos da el deseo de ir hacia el Padre y una delicadeza hacia los que sufren.

Todos los domingos celebramos al Señor Resucitado, que nos convoca como Iglesia y nos da el Espíritu Santo. Cada domingo también el Señor nos envía a la misión. Como un flujo y un reflujo la santa asamblea se reúne y se dispersa. El Espíritu convoca a la asamblea litúrgica, pero este mismo Espíritu la envía a la diáspora del mundo. Entretanto hay un crecimiento en la vida eclesial y cristiana. El tiempo ordinario está marcado por el seguimiento de Cristo que desde su bautismo hasta la Cruz anunció el Reino de Dios y nosotros escuchamos y seguimos al Maestro en su ascensión a Jerusalén donde celebra su Pascua. Así aprendemos a ser discípulos. El Domingo es el primer día de la semana, no el último (a menudo lo olvidamos) y cada cristiano debe guardar alguna perla de lo que ha escuchado y ha orado en la Eucaristía del Domingo y esto debe iluminar la mirada del corazón durante la semana en todo lo que hace y se ocupa. La predicación debe ayudar en el crecimiento de la vida cristiana. Nunca debe molestar, sino sintonizar con la obra del Espíritu en el corazón de cada uno.

En el tiempo ordinario fluye y crece la vida eclesial alrededor de la Eucaristía dominical. Aquí está todo: el Padre que se da por Cristo en la oblación de sí mismo, en su Cuerpo entregado por vosotros y con su Sangre derramada por muchos, en el amor del Espíritu Santo, ya que todo debe ser: «Por él, con él y en él, y nada sin él.» Cada Eucaristía dominical abre frente a nosotros el camino de la caridad para que caminemos por él. Es un camino que lleva al cielo, plenitud de la propia caridad. Son los carriles de las bienaventuranzas que el Señor nos enseñaba el pasado domingo. No lo olvidemos, los pobres siempre andan delante de nosotros. El color de las vestiduras litúrgicas es el verde, que significa primavera, florecida. Son los frutos de la gracia de Cristo, Dios y Señor nuestro. Cuando la Eucaristía en una parroquia ocupa el lugar principalísimo, es su corazón y su centro, todo funciona, de otro modo todo entra en decadencia y nada fructifica, porque «Cristo existe antes de todas las cosas» (Col 1,17b).