Prensa

Consagración de vírgenes

26/02/2017

En el Código de Derecho Canónico, en su número 604, encontramos lo siguiente: «A estas formas de vida consagrada se asemeja el orden de las vírgenes, que, formulando el propósito santo de seguir más de cerca de Cristo, son consagradas a Dios por el Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia.

Las vírgenes pueden asociarse, para cumplir su propósito con mayor fidelidad y para realizar, mediante la ayuda mutua, el servicio a la Iglesia congruente con su propio estado.»

En la primitiva Iglesia ya se tuvo la costumbre de consagrar vírgenes, como signo trascendente del amor de la Iglesia hacia Cristo. Con el rito de la consagración la Iglesia pone de manifiesto su amor a la virginidad.

Las vírgenes consagradas no tienen otro fundador o fundadora que la propia Iglesia, y a diferencia de los Institutos Religiosos, no tienen reglas ni estructuras comunitarias, ni emiten votos. No renuncian a su propio trabajo, del cual viven, sino que lo ejercen con espíritu de servicio y de evangelización. Tampoco tienen ningún superior o responsable, sino que su único superior es el obispo.

El rito de la consagración de vírgenes, normalmente, se realiza en la catedral y bajo la presidencia del obispo. El ritual señala que es conveniente celebrarlo en los días de la octava de Pascua, o bien en las solemnidades dedicadas a los misterios de la Encarnación, en los domingos, en las fiestas de la Virgen María o en las fiestas de las santas vírgenes. La Misa es la que corresponde al día, o si las rúbricas lo permiten, se celebra la del ritual de la consagración de vírgenes.

La oración de consagración tiene forma de gran prefacio. Transcribimos, a continuación, algunos párrafos que nos parecen muy significativos:

  • •Mira, Señor, a estas hijas tuyas que, poniendo en tus manos su deseo de continencia, te ofrecen aquella virginidad que tú mismo les hiciste desear.
  • Que brille en ellas, Señor, por el don de tu Espíritu, una modestia prudente, una afabilidad juiciosa, una dulzura grave, una libertad casta; que sean fervientes en el amor y nada amen fuera de ti. Que sean dignas de alabanza, pero que no busquen ser alabadas; que te glorifiquen, Señor, por la santidad de su cuerpo y por la pureza de su espíritu; que por amor te teman y con amor te sirvan.
  • Que tú seas su honor, su gozo, su deseo; encuentren en ti descanso en la aflicción; consejo, en la duda; fuerza, en la debilidad; paciencia, en la tribulación; abundancia, en la pobreza; alimento en el ayuno; remedio, en la enfermedad. Que en ti, Señor, lo encuentren todo y sepan preferirte sobre todas las cosas.

La donación total a Jesucristo, en una vida de virginidad consagrada, es un testimonio de que se puede vivir según los valores del espíritu, insertadas en las realidades cotidianas y comprometidas en la construcción de una realidad cultural y social conforme a los valores del Reino.