Prensa

Alégrese el cielo, goce la tierra

08/01/2017

Son las bellas palabras del salmo de la noche de Navidad, que canta la alegría del Nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, consustancial con el Padre. Tanto Navidad como la Epifanía son la celebración de la gloria del Señor Resucitado en la gracia de su Navidad y de su Manifestación (como también de su Teofanía en el Jordán). Esta relación entre Navidad y Pascua es decisiva. El Señor nacido y manifestado nos sale al encuentro en su palabra, en su Cuerpo glorioso y en la Copa preciosa de la Eucaristía, también en el misterio nupcial de la Iglesia. También con los hermanos que han sido vejados en la pobreza.

Todos los evangelios de la infancia de Jesús están iluminados por la luz pascual y desde ella se interpretan. Así las fajas de la cuna evocan las fajas del sepulcro de Cristo. También junto al pesebre, como junto al sepulcro, los ángeles anuncian el Evangelio de la alegría, también en uno y otro lugar los ángeles proclaman la gloria de Dios. Tanto en la cuna como en el sepulcro hay unos testimonios y unos enviados (pastores-apóstoles). Hay dos nacimientos: el del Verbo en la carne por Navidad y el del Verbo con nuestra humanidad en la vida divina para la resurrección. Por eso del nacimiento de Jesús se alegra la tierra y también el cielo.

Jesús nace para asumir nuestra humanidad y llevarla hacia Dios por su resurrección y ascensión y llenarla de los dones del Espíritu Santo, plenamente manifestado en la escatología última. Si Navidad y la Epifanía no fueran la celebración del Kyrios, del Señor de la gloria, el nombre nuevo de Dios (Emmanuel) no nos importaría para nada. Jesús es realmente el Emmanuel porque ha sido glorificado y se comprende entonces la gran inclusión del evangelio de Mateo que empieza con el nombre del Mesías: «Dios con nosotros» (1,23) y termina con las palabras del Señor: Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (28,20). La liturgia de Navidad es siempre igual, pero la novedad no cabe en ella, la liturgia es dada para que sea vivida de una forma siempre nueva por los que la celebran. Depende de la capacidad de oración, depende de las actuaciones del Espíritu Santo y del corazón de cada uno. Es una cuestión de amor y de fe.

Sí, para los creyentes, Navidad no ha sido igual, hemos sido iluminados por la alegría del nacimiento de Jesús y sabemos que Dios ha entrado en nuestra humanidad para no dejarla nunca más. Santo Tomás ya dice al principio de su grandioso tratado sobre el Verbo encarnado que la humanidad de Jesús es la mayor alegría, ya que Cristo reconduce a la humanidad hacia Dios, para que esta no quede abandonada a sí misma y a la influencia de las fuerzas del Mal.

Una mujer de mi parroquia este año había preparado la cena de Navidad para su numerosa familia, pero cuando llegó la hora de la Misa del Gallo, dijo a toda su familia: «Espabilaos, yo me voy a celebrar el Nacimiento de Jesús, hasta luego.» Fue a misa sola, pero en su corazón llevaba a todos los que amaba y que se habían quedado celebrando la fiesta en su casa. Hay que tener mucha humildad para creer que Dios se ha hecho hombre y una iluminación muy grande del Espíritu santo para adorarle. Esta mujer, y como ella tantos otros, son de la raza de los pastores, de los sencillos y de los humildes de corazón.