Prensa

Adviento en tiempos apocalípticos

27/11/2016

Tiempo de preparación para la Navidad, tiempo de estar atentos a nuestra interioridad para dejar espacio a la llegada del Señor. Como si fuera el movimiento de nuestra respiración: lo más profundo de nosotros mismos escuchando los anhelos y necesidades de las personas que nos rodean, y tratando de percibir y extender los hilos del cariño de un Dios que se manifiesta en espacios, gestos y relaciones sencillas, al alcance de todo el mundo, pero a menudo invisibles para los ojos deslumbrados por el afán de poder o de riqueza o por un ego subido de tono.

Un tiempo que litúrgicamente ponemos de relieve con la presencia del color morado en nuestras celebraciones, con la austeridad en los ornamentos de la Iglesia —no tanto como por Cuaresma—, con una corona de Adviento que visualiza el cumplimiento de las promesas en su progresivo encendido. Tiempo de reiniciar el año litúrgico y de estrenar leccionario, por lo menos de escuchar las lecturas bíblicas del nuevo ciclo (A, evangelio de Mateo) como si fuera la primera vez. Un tiempo en el que una mujer embarazada, la Virgen de la Esperanza, es protagonista por su capacidad de escucha, de acogida, de relación y de alegría, más allá de todos los convencionalismos. Este año tendremos el Adviento más largo posible, porque el día de Navidad cae en domingo, y por lo tanto dispondremos de cuatro semanas enteras para disfrutarlo.

La verdad es que es difícil vivir la esperanza del Adviento en medio de la crisis económica, del paro, de la demolición del Estado del Bienestar, de los exilios y migraciones forzadas por la guerra y el hambre y tan menospreciados en Occidente, de los populismos que han colocado a una persona aparentemente irresponsable en uno de los lugares con más poder del mundo, como es la presidencia de Estados Unidos de América, de los fanatismo y terrorismos, de los riesgos por el estado de abandono del planeta. Pero quizás nuestra óptica lleva viciada muchos años. Por un lado, porque hemos vivido mucho tiempo en una zona confortable y, por otro, porque de vez en cuando la realidad «Disney» se cuela en nuestra vivencia de la Navidad. Y acabamos convirtiéndonos en diabéticos emocionales, con un exceso de edulcoración de la realidad y con el deber de vivir una Navidad feliz desde la óptica más consumista y superficial. Como si el Adviento y la Navidad tuvieran que estar exentos de sufrimiento, cuando de hecho lo que celebramos es que el sufrimiento queda transformado y relativizado por la acción de Dios, que ha venido a compartirlo sin miedo. Porque misteriosamente la humildad que tan bien expresa María consigue vencer a «la Bestia» del Apocalipsis. Porque es nuestra pequeña acción local la que puede invertir las cosas a escala global, así, sin tener grandes poderes mágicos. Porque si nos dejamos fecundar por el Espíritu romperemos nuestros propios moldes. Porque la confianza mutua, aunque sepamos que todos, mucho o poco, somos algo desastre, nos ensancha la mirada, nos hace crecer, nos descentra y nos hace ir más allá de nosotros mismos. Porque, de hecho, celebramos que Dios esté tan al alcance y estamos agradecidos de ello.